Hay días en los que, por mucho que lo intente, no sale nada. Me siento delante del ordenador, abro el archivo en blanco, y ahí se queda. En blanco. Me ha pasado muchas veces, y después de probar mil cosas (café, música, Pinterest, más café…), me di cuenta de que la mejor forma de encontrar inspiración es mirar hacia fuera. Literalmente.
La naturaleza siempre acaba siendo mi mejor maestra.
Recuerdo una vez, trabajando en un logotipo. Nada encajaba, todo me parecía forzado. Sal a dar un paseo solo para despejarme un poco, y me quedé mirando una rama moviéndose con el viento. Suena un poco raro, lo sé, pero había algo en ese movimiento, en cómo se conectaban las ramas, que me dio la clave. Volví a casa y lo resolví en una hora.
Desde entonces, intento mirar con otros ojos. Los colores de las plantas, las formas de las piedras, las texturas de la tierra mojada después de llover… todo tiene una lógica preciosa y natural. Nada está perfectamente alineado, y sin embargo, todo se siente equilibrado. Eso me inspira mucho más que cualquier galería de diseño.
A veces hago fotos de cosas que me llaman la atención: la piel de una fruta, la sombra de un árbol, el reflejo del sol en el agua. No siempre sé para qué las voy a usar, pero ahí se quedan. Porque sé que, tarde o temprano, me servirán para algo: una paleta de colores, una textura de fondo, una idea para una ilustración.
Diseñar desde lo natural es volver un poco a lo esencial. Es dejar de forzar y empezar a observar. Y cada vez que lo hago, no solo salen mejores diseños: yo también me siento mejor.
